Amalia nació en la calle, y cuando cumplió 13 se dio cuenta de que era huérfana. Sus papas iban y venían, se juntaban, se pegaban, se separaban y huían. El consuelo no llegaba, no iban a pedir por la comida. En la estación las cosas eran así, ninguno estaba dotado de intuición, lo que uno sabia, todos lo sabían. Pero Amalia siempre se destaco de esa gente, eso le gustaba pensar a ella. cumplió 13 y se dio cuenta de que era huérfana, porque aunque sus padres estuvieran con ella, ninguno la había querido en su vida de miseria.
Amalia se compraba helados y se sentaba en el banco a mirar. Su pasatiempo favorito era adivinar las relaciones de los pasajeros. Los envidiaba, moría de celos por los hijos de los demás. Envidiaba hasta los padres severos, que retaban a sus hijos por solo estornudar. ¨No me llenes de mocos, te dije que te trajeras un pañuelo ¨, entonces el helado se succionaba rítmicamente y los vagos se despertaban a la par.
¡Que lindo era verla a Amalia en la estación!. Con sus shorts cortitos, blancos, manchados de barro en la cola y el vaivén de sus cachetes mientras pedía monedas para poder viajar. La sonrisa picara, sus cachetes llenos de pecas, los chicos se peleaban por ser su novio y Amalia los cambiaba cada semana. Los mas grandes también le pedían, y ella les decía que no. Con esos chicos no hay que meterse, le habían contado, es peligroso, todos terminan muertos o en la prisión.
Amalia se acababa de terminar su helado cuando subió al tren y lo vio. Tostado, casi negro como un cubano, el la miro, le dio la espalda y el rechazo la marco. Como toda buen histérica y, además de histérica, linda mina no pudo detenerse en sanar su autoestima logrando la atención de ese morocho que era el primero que no se la trataba de levantar. Además al negro ella ya lo conocía, era amigo de Manuel que vivía a dos cuadras de donde ella pedía. Manuel era un amigo de su hermano, pero era mas grande entonces no le hablaba. Con el Negro no pudo evitar dejar de lado esa tonta precaución de la edad. Costara lo que le costara, se le iba a dar.
Al Negro, a Manuel y a todos los amigos del hermano dejaban de hablar cuando la veían pasar. Con sus polleras cortas, colores y sus helados se les acercaba a charlar. El hermano miraba al costado, avergonzado, y de vez en cuando la retaba por juntarse con su banda. ¨No te metas con mis pibes¨ le repetía. Amalia solo sonreía y le preguntaba a los chicos si les molestaba que ella estuviera ahí. El Negro entonces la abrazaba con un ¨veni¨. La conquista de Amalia con el Negro fue creciendo hasta que empezaron formalmente a ¨salir¨.
Los pibes empezaron a putear, el Negro se convirtió en el pollera del grupo y no aparecía mas. ¨Para colmo no la trata bien a la mina¨ le contaban los chicos al hermano. El solo se encogía de hombros, ya sabia como era el Negro. Se lo había dicho mil veces a su hermana, problema de ella. Sus caprichitos lo tenían hasta las bolas, no importaba cuantos moretones le encontrara. Le dijera lo que le dijera, Amalia no le iba a cortar. Era la primera vez que estaba enamorada y sabia que si no era el Negro el que le cortaba, iban a seguir juntos hasta la eternidad.
Con el tiempo Amalia le empezó a romper al Negro para irse a vivir juntos a alguna casa, estaba cansada de vivir en la estación. Planeando su futuro ella sola, el Negro era un pibe sin proyectos ni deseos de solucionar. Manuel era el único amigo de los dos, mejor amigo del Negro, pollera o no, le perdonaba todas. Los tres hacían un grupo bastante singular. Manuel iba y venia entre los dos, varias veces había parado sus peleas y un golpe a medio centímetro de la cara de Amalia. El era el que la consolaba cuando lloraba, y el que hablaba con el Negro para que la sacara de la calle. ¨Una piba como ella se merece algo mejor, Negro, lo sabes. Mira lo que es, da para mucho mas que para pedir limosna acá¨. En eso el Negro le dio la razón, en una semana Amalia se había vuelto la estrella de Caballito en el mas famoso de sus puticlubs.
Amalia volvía llorando.¨¿De que carajo te quejas?, tenes un laburo en el que usas tu cuerpo como todo el mundo, ¿ O vos te pensas que a mi me gusta estar levantando fierros todo el día? Yo también uso mi cuerpo para laburar¨ . ¨Venime a ver, veni a ver lo que es, y después contame si te gusta lo que hace tu novia¨. ¨No, porque yo se que te veo ahí, y no te voy a poder volver a tocar mas¨. Con la plata que juntaron entre los dos, fue fácil comprar una casa. Y también pagar el casamiento triste que tuvieron con dos o tres invitados. Manuel fue el padrino de los dos.
En el puticlub las chicas atendían de seis a diez clientes por día, dependiendo del stock. Las hacían desfilar en un cuarto donde los tipos esperaban, las analizaban de arriba abajo y seleccionaban a la que creían que les iba a dar la mejor erección. Gordos, larvas, sudorosos, viejos, vírgenes, sucios, sádicos, tímidos, precoces, en ninguna ocasión se podía decir que no. Se las llevaban a un cuarto, y hacían lo que querían con ellas, violando su cuerpo, su mente, su alma en la acción. Amalia intentaba pensar en otra cosa para no romper en llanto en medio de un trabajo… ya habían sido varias veces en las que lo había hecho y lo único que lograba con eso era que se quejaran o se la cogieran con mas excitación.
Una noche en medio de la primera selección entro Manuel. Amalia se moría de vergüenza y trataba de taparse con su camperita de jean. De todas formas, Manuel ya sabia que ella trabajaba allí, era conocimiento publico en el barrio. Automáticamente el pidió por ella y caminaron juntos hasta el cuarto. Ninguno de los dos dijo nada. Amalia cerro la puerta con cuidado, y se volteo a verlo intentando descubrir porque Manuel se encontraba ahi. El la contemplo un rato, con cariño, se acerco a ella y la arrastro a la cama. Ella hizo ademán de negarse, pero recordando que estaba trabajando se dejo llevar sumisa. Manuel le acaricio la cara con delicadeza, ¨No te preocupes, hoy solo quise venir a darte un rato de descanso¨. Ella se quedo sin entender, el se empezó a reír, ¨Tomatelo como un regalo de cumpleaños adelantado¨.
Las horas pasaron y ninguno de los dos quiso salir del cuarto. Estuvieron charlando en la cama hasta que se quedaron dormidos. A la mañana ella lo despertó con un beso, y el no pudo evitar seguirle el juego. No hubo un dejo de culpa, de pensamiento. Los dos sabían dentro suyo que era lo correcto. Era la primera vez que Amalia disfrutaba un trabajo. Manuel la quería, se le notaba en cada roce que marcaba su cuerpo. Le cubría las heridas, las lagrimas, las risas con besos.
Cuando terminaron ninguno de los dos sabia que decir. Manuel se levanto al rato, y le susurro agradecimiento. Amalia sonreía y se dejaba alabar. Extrañaba eso de su infancia, cuando los chicos a veces la querían de verdad. Manuel saco un sobre de su campera y se lo extendió sin dudas. ¨De todas formas, pensaba pagar¨. Amalia lo saco del medio, lo abrazo. ¨Todos se merecen un poco de amor¨.