No estaba segura si me encontraba en una posición que se podría considerar normal. La realidad, es que en ese tiempo la normalidad para mi ya no tenia ni pies ni cabeza. No existía ningún manual, ningún dios, ninguna persona completamente objetiva como para consultárselo. La normalidad entonces, para mi, era una palabra que estaba de mas, inútil y sin significación alguna. Se perdía en medio de este tumulto del siglo XXI, donde la iglesia ni la sociedad tenia ya ninguna importancia en la vida de las personas cotidianas.
En tu habitación, mientras te retorcías en dolor, yo me estremecía. Observaba admirada la capacidad que tenias de expresar tu sufrir a través de tu cuerpo. Tus movimientos, torpes, agarrotados transmitían constantemente la terrible agonía que estabas sufriendo. Tus manos en forma de garras, tu pecho metido para adentro interrumpido por los vaivenes de tu respiración agitada. Tu rostro irreconocible, escondido bajo las arrugas fruncidas, colores rojizos manchados de la humedad de tus lagrimas. Y tus palabras… Tus palabras mezcladas entre jadeos por el llanto…Dios sabe que en esa situación tienen la capacidad de perturbar a cualquier alma.
- No puedo respirar… No puedo respirar- Repetías atragantada por los jadeos.
Nerviosa, y sintiéndome bastante inútil te ofrecí un vaso de agua. Me desesperaba la impotencia de no saber que hacer para arreglarte. Si, la palabra es arreglarte. Cuando me encuentro en estas situaciones siempre deseo tener un tipo de maquina, un tipo de instrumento o de don para de alguna manera meter, no lo se, una palanca en ese ser humano agonizante, sanarlo y que vuelva a ser el de siempre. Como un doctor del alma, eso es. Se los llama así a los psicólogos, pero en mi humilde opinión el psicoanálisis lamentablemente es muy lento y, en la mayoría de los casos, inútil. Así lo había sido para esta mujer, que, tras años de hacer terapia yo cada día la veía empeorar.
Me invadía el terrible instinto de salir corriendo por la puerta, como muchas veces ya lo había hecho. Al mismo tiempo también me invadía la culpa por sentir aquello, sabia que al final volvería a casa y te pediría disculpas. Me mirarías con ojos acusadores y me llamarías traidora. Repetirías todo lo que has sacrificado por mi y yo me remordería una vez mas.
Lo mas triste de la situación es que el causante de tu dolor era un hombre. Un mero hombre que en casa se parecía mas a un rey. Su imperio era enorme, aunque se encontraba gravemente dividido. Aquí y allá, alrededor de su palacio, distribuidos en varias zonas nos establecíamos sus ciudadanos. Teníamos el privilegio de visitarle de vez en cuando y mantenernos de sus victorias. Éramos sus “chupa sangres”, mas fácil, como el nos denominaba.
-Tranquilízate, por favor- Le susurraba con voz tímida, de alguna forma siempre me sentía algo culpable de sus lagrimas- No es para tanto
No me contestaba, simulaba que tanta perturbación no la dejaba hablar. Seguía llorando, como una demente, y se aferraba a sus sabanas como si fueran su único consuelo. Intente abrazarla, pero ella no me dejo. Me quede ahí, tendida en el suelo al lado de su lecho esperando pacientemente que se le pasara. Mi mente de inmediato viajaba a cosas mas vanas, a superficialidades que me entretenían, y entonces me revolvía la culpa de que mi espíritu fuera tan débil como para no concentrarme en el dolor que estaba intentando destruir . Borraba la lista de cosas que me quería comprar de mi cabeza para prestarle atención a la mujer a la que le debía tanto.
Precisamente de ella nació mi odio hacia llorar por un hombre, una de sus grandes enseñanzas. La había visto tantas veces, y con tanto tanto dolor proclamar que la habían lastimado que un día jure que nunca me convertiría en una mujer como ella. Jamás dejaría que un hombre fuera el dueño de mi felicidad. La mera idea me asqueaba hasta lo mas profundo de mis entrañas. débil y estupida, sin control de mis emociones… no serian calificativos de mi persona. Antes muerta. Por eso, mientras continuaba observándote, mientras tenias esa mirada perdida y tu rostro demostraba que no tenias mas ganas de vida, mi ser luchaba contra un rechazo abismal hacia tu persona. Dentro de todo el amor que te tenia, el rechazo a esa particularidad tuya era una guerra de todos los días. Me odiaba por sentirlo. Lo irónico de ese rechazo era que también lo encontraba culpable de que nunca podría tener una relación estable. Que paradoja. Por no sucumbir a el, los trastornos psíquicos, mis defensores, no me daban el privilegio de poder amar sanamente.
No sabría decir cuantos minutos pasaron hasta que pudiste tranquilizarte. Me sorprendió el silencio de repente, cuando tu llanto se corto. Mi mente regreso al lugar donde debía estar presente, y te mire, reconozco, un poco atemorizada de tu próxima reacción.
- Tu… lo llamaste- Susurraste con la mirada fija en la ventana, totalmente debilitada.
- Si
- Lo llamaste… aun sabiendo todo el mal que me hizo durante estos veinte años
- Si – Volví a afirmar, intentando mantenerme firme.
- Y le hablaste con amor
- Es que le tengo amor- afirme sin dudas. Y esa afirmación fue la causante de lo que sabia que vendría después.
Colérica, comenzaste a enumerar cada uno de los daños que te había hecho, cada uno de sus errores y de sus maldades. El sádico tirano que gobernaba nuestras vidas todos los días, y yo me atrevía a “amarlo”. El hombre que destruyo toda la felicidad que podría haber conseguido esa mujer, y yo me atrevía a afirmarlo en su cara. La realidad es que yo no deseaba estar en esa situación, la realidad es que quería escapar todos los días y liberarme. Tenia ganas de gritarle a ese hombre “Mírame, mírame bien… YO NO QUIERO SER PARTE DE TU IMPERIO”, pero todavía no tenia los recursos suficientes para hacerlo. Espere a que dejaras de decir esas cosas horribles que rasguñaban con filo mi pecho, que destruían la imagen que tenia de aquel hombre que conocía bien, y al mismo tiempo, no conocía nada. Que era la razón de mi vida, y todos los días de esta un enemigo. Una sombra misteriosa que deseaba volver carne en cada uno de mis actos. Entonces, cuando terminaste de enumerar sus maldades, comenzaste a insultarlo. Volteé la cara, y la escondí mirando para abajo. Nunca sabia que cara poner cuando mi mama empezaba a insultar a mi padre.
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