septiembre 02, 2007

La sutil diferencia


En la sutil diferencia del deseo y el amor, ella por fin entendió que no valía a quien quería, sino quien le hacia mejor. Sus amigas, en la máxima plena nube de la racionalización, imaginaban historias de fantasía con una imagen y un nombre singular, unas palabras perfectas y un beso corto, iluso e irreal. El seria el empresario más exitoso de su nación, llegaría temprano a casa, la felicitaría por la cena, le ayudaría a lavar los platos, planearían viajes juntos y en una misma rutina siempre seria un diez en la cama. Y en ese instante se sintió completamente una extraña, se alejo de las fantasías de sus amigas y medito sobre su propia vida. 

Y es que a ella le gustaban sus defectos y su forma extravagante de caminar, su orgullo idiota que cedía torpemente a pedirle perdón, y su timidez al sacarla a bailar. Le gustaba el cuando estaba informal, cuando vestía con una remera rota y esos calzones de años atrás, cuando sonreía de forma tonta y la burlaba cuando la veía llorar. Cuando después de reír, se secaba las lagrimas sin disimular y cuando al cenar hablaba con la boca llena sin tragar. Le gustaba el cuando se rendía, lleno de frustración, cuando caía que el era un hombre nada mas, y ningún dios. Le encantaba su forma de exagerar al relatar, y como se encogía en la desesperación de a veces no poder más. Le gustaba en la manera que el afirmaba ser feliz, su tonta soberbia que no daba lugar a equivocarse en ninguna ocasión, y como caía luego en el mismo error. Le gustaba el sin un nombre, sin un trabajo ni profesión. Le gustaba en el su forma de ponerse de mal humor sin explicación.

 Y sobre todas las cosas, le gustaba la forma en la que el lograba quitarle cualquier invasión sobre la duda estar viva, y sentir la vida estremecerla en una conmoción. Y entonces le dieron ganas de gritar: es que yo te elijo porque vos sos así, yo te elijo porque me haces reír, yo te elijo porque con todos tus defectos vos ME HACES FELIZ.

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