“Estoy llorando de felicidad” susurro en un secreto la niña, pero el no supo escuchar. Solo tenia oído para sus propios sueños, y su adecuado bienestar. Dormido a su lado, yacía aquel hombre que la marcaría por primera vez, rodeada entre sus piernas, se sentía desfallecer. La mañana los despertó de golpe, con los recuerdos de la noche anterior ardiéndoles de piel en piel, ella estiro una mano para alcanzarlo, balbuceando estúpidamente el se fue. Paso los días llorando, todavía sin comprender, como una nube de sueños podía tan rápidamente desvanecer. El ni siquiera recordaba el nombre de aquella niña cuando volvió a encontrarla años después. Ella sintió ganas de vomitar, con el recuerdo de su inocencia y su corazón en las manos de el. Las lagrimas le recorrían el rostro dejando los rastros de maquillaje esparcidos, y su tan escondida fragilidad se hacia visible después de mucho tiempo por primera vez. Había jurado no volverse a sentirse así, y sin embargo, el destino le había ganado de mano otra vez. Una ingenuidad adolescente, que sin ninguna duda, la había marcado para siempre. El no había sido capaz de recordarla ni en cuanto entro a ese bar, ella lo recordaba cada vez a la hora de amar.
septiembre 03, 2007
INGENIUDAD
“Estoy llorando de felicidad” susurro en un secreto la niña, pero el no supo escuchar. Solo tenia oído para sus propios sueños, y su adecuado bienestar. Dormido a su lado, yacía aquel hombre que la marcaría por primera vez, rodeada entre sus piernas, se sentía desfallecer. La mañana los despertó de golpe, con los recuerdos de la noche anterior ardiéndoles de piel en piel, ella estiro una mano para alcanzarlo, balbuceando estúpidamente el se fue. Paso los días llorando, todavía sin comprender, como una nube de sueños podía tan rápidamente desvanecer. El ni siquiera recordaba el nombre de aquella niña cuando volvió a encontrarla años después. Ella sintió ganas de vomitar, con el recuerdo de su inocencia y su corazón en las manos de el. Las lagrimas le recorrían el rostro dejando los rastros de maquillaje esparcidos, y su tan escondida fragilidad se hacia visible después de mucho tiempo por primera vez. Había jurado no volverse a sentirse así, y sin embargo, el destino le había ganado de mano otra vez. Una ingenuidad adolescente, que sin ninguna duda, la había marcado para siempre. El no había sido capaz de recordarla ni en cuanto entro a ese bar, ella lo recordaba cada vez a la hora de amar.
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