
Esta historia nunca tuvo una coherencia, nunca tuvo ningún desenlace, no tuvo ningún fin. Si quieres, no la llames historia, porque jamás la veras morir. Podríamos darle un contexto, una parte dio amor hasta desgajarse y la otra parte vivió de el. Ni siquiera hay partes, una no existe, una nunca tuvo papel. Una nunca actuó, una nunca supo de este contexto creado a su alrededor. Siempre fue basada en una sola persona, en la visión ilusa de una niña encerrada en su propia piel. La cárcel creada por ella misma que marco cada uno de sus pasos después del nacer de el.
El nunca sabrá que fue de su andar, y la historia que nunca fue, tampoco será. Ya no vivirán juntos, ya no se tendrán. Jamás serán padres del mismo hijo, jamás se besaran. A ella la amaran otros, y el tiempo de ambos se acabara, ella nunca será mas de lo que fue para el, ni el mas de lo que era para ella. No se podrán tocar más. No sabrán donde viven, que sienten, con quien están. No sabrán que hubiera sido vivirse, esperarse, estarse, amándose juntos hasta despertar. Tampoco sabrán quien fue el primero en morir.
Las miles de promesas que quedaron con el aire, ella siempre las revolverá. Nunca aprendió que la realidad del amor es que no es eterno con una persona, sino una transición. Que el amor tiene etapas, y la ultima siempre será el dolor. Que no puede fiarse de promesas impropias, porque estas no dejan lugar a un futuro interminable con ella. En brazos ajenos, brazos de amor, ella recurrirá a su pasado y a su cárcel de tez. Dirá que sigue amando, pero que es un amor cansado de ser.
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